Solecita
A mi la soledad me hizo mucho bien y lo sigue haciendo. Tal vez, ése era el punto. El de amigarme con ella. De no pelearnos más. Ahora hemos llegado a hablarnos con cariño, yo le digo: —Solecita—, y ella me llama con un solo fonema, compuesto por la primera y la última letra de mi nombre. Ella me ha presentado multitudes de pasatiempos. Entre ellos los libros, observar y reírnos como un par de locas. Me tuvo mucha paciencia, pues, yo me enredé con una serie de bandidos de tiempo. Unos llamados amigos y otros novios, los cuáles fueron desfilando uno tras otro hasta perderse en el desfiladero. En cuanto a la familia, ella me hizo entender la sabiduría popular. Después de una cierta edad, la harina de un costal ya es harina de otro costal, y que yo, aunque solterona, nada que ver ahí dónde no me llaman y aunque me llamen pues no, nada qué ver. Así me hice doña solterona, sin hijos de tierra ni aire. Yo a los santos, ni los vestía ni los desvestía. Y para no incomodar a persona con mi...