No más que una historia
El viejo estaba sentado en la banquita, afuera de la casa de Luis. Esperaba siempre, no se sabe muy bien qué. Luis llega esa tarde y lo invita a pasar.
—Pasa abue entra a la casa.
—¿Cómo has estado?
Pasaron un rato hablando de todo un poco, de algunas cosas que lamentaba el viejo. Luis conocía ya la historia que él mismo deseaba dejar atrás de una vez por todas. El papá de Luis había muerto hace años atrás, y el abuelo sentía una tal culpa que le carcomía el espíritu.
Luis ya había intentado toda clase de artimañas para hacer sentir mejor al viejo, pero nada servía, ahora solo escuchaba aceptando que no cambiaría la forma de sentir de su abuelo.
—¿Y ahora qué mi viejo?
—Andalé, vamos a la cocina a ver que nos dejó la Manuela para cenar.
El viejo se incorpora siguiendo a Luis.
—Traigo un trompo para jugar con Esteban, y una matatena ¿sabes?
—Los niños de ahora están pegados a esas minitelevisiones que no los dejan, les habitan la cabeza, les roban el último pensamiento del cerebro. Dice esto apuntandose la sien con el índice.
—Quiero enseñarle a jugar. Bueno—alza la mano— si se deja.
Esteban, el hijo de Luis, andaba por ahí, efectivamente, jugando en su tableta. El hombre atrae su atención haciendo botar una pequeña pelota de color rosa mexicano.
—¡Ven aquí muchacho, te voy a enseñar unos buenos trucos que dependen de la coordinación cerebro-mano!
—¿Qué es eso abuelo? —réplica Esteban.
—¿Eso? Eso, que traes en la otra mano.
—¡Ah! Esto Esteban es un trompo, te voy a enseñar como se baila. ¿Verdad, que es bonito?
—Muy bonito, con todos sus colores, pero ¿cómo que bailar? ¿Tengo que bailar con él?—Se mueve risueño.
El abuelo comienza a hacer girar el trompo ante la mirada maravillada del niño. Luis les observaba contento, uno haciendo bailar el trompo y el otro admirando la maestría del manejo de tal extravagancia. Luis miraba el ángulo de inclinación del artefacto, hacia un lado y hacia otro, hasta que éste quedaba completamente desplomado en el suelo. Había llegado cansado de la oficina y esta especie de hipnosis lo llevaba a un estado de ensoñación que lo que siguió después, no lo supo muy bien, si fue parte de un falso recuerdo que él se había creado, ó sí efectivamente había sucedido.
Después de recostar a Esteban, bajó con el viejo y le propuso que se quedara, ya era muy tarde para regresar al pueblo.
—Quedate abue, ya es muy tarde para que andes por ahí tu solo.
—Ya te he propuesto que te vengas a vivir con nosotros, vuelve a pensarlo.
—No mijo, ustedes ya tienen su vida y yo hice la mía—tratando de hacer un gesto de autosuficiencia.
—La Manuela es muy buena mujer, y tu eres un hombre excelente del que me siento muy orgulloso.
El viejo estaba más sentimental que de costumbre, y le empezó a contar sobre la infancia de su hijo, Rodrigo, papá de Luis. Le contó sobre el pueblo de dónde provenían, las costumbres, y sin esperar, así nomás, también introduce el tema de su vida matrimonial.
Con visible incomodidad, Luis le dice al viejo: “No abuelo, yo no tengo derecho a inmiscuirme en tus asuntos íntimos”.
—¿Pero cómo no mijo? sino es que yo quiera justificar mis conducta co hacía mi esposa y hacía mis hijos contigo, eran cinco niños y yo no tenía ningún derecho de abandonarles. Sé que es cosa del pasado y que ya no se puede reparar. No se puede hacer nada. Tu abuela, ya había quedado vieja, sin poder hacer nada. Sin haber aprendido siquiera un oficio a causa de mi machismo. Con los demás no se puede hablar, se lo toman todo a pecho, tu también pues, pero tu te sabes dominar. Toleras mi presencia. Y te agradezco que me permitas venir aquí.
—Viejo no digas eso, que no sabe cuánto bien me hace usted aquí ¿eh?—dice esto acercandose con el fin de abrazarlo y darle un apretón cariñoso en una de sus manos.
—No me imagino la falta que le hizo usted a mi padre. Y no quiero ni imaginarme faltandole yo a mi hijo por otras circunstancias,
—Disculpame pues, Alberto, por decir esto, no es que yo presuma de ser un buen hombre.
—No mijo, habléme así que hombres como usted y como su padre, en paz descanse, hacen mucha falta. —Se persigna
—Yo fuí una burla de ser humano, alcoholizado todo el tiempo, ni supe cuando me fuí.
—Claro que hubo algo, toda una historia detrás de todo esto.
Luis escuchaba a su abuelo. Sabía que esta íba a ser la única oportunidad de saber algo de su propia historia. Tenía que aprovechar ahora que el abuelo estaba haciendo su mea-culpa. Especialmente, le interesaba: el misterio de la muerte de la tía Cruzita, el descalabro del tío Pancho que lo hacía tener continuos cambios y bruscos del humor, pero sobre todo, quería tener la versión de su abuelo sobre los hechos.
Conocer más al abuelo de primera mano le entusiasmaba. Luis había ya leído muchas conductas, comportamientos de parte de sus tías frente a los hombres. Hechos que interpretaba como una especie de resultado a la falta de padre que vivieron. Así pues, que conocer la historia que también le pertenecía era un ojo de agua, aislado, inaudito, en medio del monte y huizachales. Se revelaría ante él por lo menos una verdad, quizás.
Tonos grises, amarillentos, rojos escarlata, de la familia Vázquez Cordero, salían en desfile de la boca de Alberto.
—¡Ah!—decía Luis asintiendo como comprendiendo las situaciones. Deseaba que la Manuela no se apareciera todavía, que chismeara más con las amigas en el café del centro. Estaba tan a gusto con el viejo.
Toda una semblanza, sí, esos antecedentes que le pertenecían también a él. Hoy se le presentaban sin reticiencias y Luis las atrapaba con cariño, compasivamente. ¿Juzgando? Sí, incluso esta actitud le venía de rato en rato. Sin embargo, esto no le impedía colocar las piezas del rompecabezas, según se le íban dando, formando una imagen completa, reservada en su cabeza.
—Recuestate aquí en el sillón, ahorita te traigo una cobija—. Le dice al abuelo cuando lo ve ya cansado.
Luis había pensado que la historia ya había acabado, pero el abuelo instalado en el sofá seguía recitando. El nieto se recuesta en el suelo a los pies del narrador, y se queda dormido. Manuela sigilosa y sin hacer ruido sube a su recámara.
Luis somnoliento, horas después, balanceándose, llega al pie de la escalera, cuidando de no caerse. Con pesadez alcanza un peldaño y otro. El concepto del tiempo se vuelve raro. ¿Cuando había estado con Alberto? ¿Ayer? ¿Anteayer? ¿Esta misma noche? ¿Qué íba hacer con todo eso que le había contado? ¿Lo creería? Extraño. Su hermana le había dicho que Alberto no era más que un discapacitado mental, ignorante y desquiciado.
Luis llegaba al último peldaño de la escalera, se balancea de un lado a otro.
Repentinamente, escucha una voz: “No te preocupes mijo, primero duele mucho, después no sientes nada; y además aquí tu papá y yo te cachamos”.
Esteban y su hijo Beto encontraron a Luis ahí derrumbado en el primer descanso de la escalera.
—¡Ay papá!, hoy cumplías 80 años. Viejo, no me acabaste de contar la historia de tu familia esquizofrénica.
Karina Flores
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